Para mi amiga
Astucia, quien supo
de estos eventos
Tengo la luz
de las seis de la tarde,
el sonido vespertino
de los domingos
eclesiales,
las notas largas
de algunas canciones
de Pink Floyd,
el recuerdo implantado
de abuelos que no conocimos,
los descansos laborales
entre las parcelas
dilatadas,
el robo de aquel
libro que tuvo
entre sus manos,
los accesos a las
visiones atemporales
a ras de las banquetas,
el sonido de su voz
al teléfono de mis
padres,
los rincones
simbólicos de ciudades
extrañas,
las remembranzas
felices de una
infancia añorada,
los constantes encuentros
en las lecturas
de poetas extranjeros,
las sensaciones
de caricias sin piel
externa,
las recriminaciones
contenidas de mi madre
al escuchar tu nombre,
el recuerdo de mis
perros muertos,
el sentimiento
aquel cuando me
robaron mi bicicleta,
el frío viento
golpeando duramente
mi rostro,
los paisajes como
evidencia de aquellos
camino del sur,
el fondo del autobús
cuando de allá adentro
venías caminando,
el dolo en mi cuerpo
luego de que pasaron
los efectos de la anestesia,
la visión de un
cuerpo muerto en
el suelo,
la sensación horripilante
del agua fría
en mi piel caliente,
el cariño bendito
de mi abuela
que vivió sólo dos
meses de mi vida,
la complicidad
de mi madre
y algunas canciones que
sólo ella recuerda,
agrego, incluso,
la ira recurrente
de mi padre.
Sobre todo…
tu mano en
mi espalda,
tus labios
en mi boca,
los contornos de
tu cuerpo desnudo,
el sentimiento
vergonzoso de
tu entrega,
el secreto de
los dos por las
calles de Guadalajara,
el llanto que
te vieron
cuando rompí
tu corazón
voluntariamente,
las tres letras
de tu nombre
que me ponen a
temblar cuando
las leo,
el beso que nos
dimos frente
a Los Murales,
el humo de
la taquería que
quedó en mi recuerdo,
las historias sencillas
que me contaste,
los papeles
aquellos que me
escribiste,
la canción erótica
que bailamos juntos,
la supuesta soledad
desde la que me
estabas esperando,
la seguridad de haber
encontrado lo que
quería,
la longitud de
tu pelo crespo,
ciertas figuras
sentidas de tu cuerpo
que nunca llegué
a ver con mis
propios ojos,
la algarabía
compartida de
tu sonrisa franca,
la potencia extrema
de tu mirada
capaz de reducir
a cero la presencia
entera de una plaza,
tu facultad de
reducir el tiempo,
tu facultad de
alargar recuerdos.
Toma todo,
como la pirinola
y llévatelo tras
de ti,
que a mí me
basta esa sombra,
ese eco,
esas remembranzas,
para seguirte
escribiendo
aunque no haya
más papel
para hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario