viernes, 1 de mayo de 2020
Carta a Amaranta
Amaranta, hace poco me escribiste que habías terminado de leer Cien años de soledad, y me preguntabas por la posibilidad del significado de las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia. A mí me dio mucho gusto el que hubieras terminado esa preciosa novela. Aquí esbozaré una posible respuesta a tus inquietudes (más bien las tomo como pretexto para escribirte y saldar un poco la lectura y el placer que me produjo esa novela).
En la vida de una obra hay dos tiempos esenciales, el de la creación y el de la apreciación. En la obra literaria está el tiempo de la lectura. Obvio es que el tiempo de apreciación es mucho más largo que el de la creación (cuando la obra sigue viviendo después de haber sido terminada, ya que, por otro lado, debe haber algunas otras que sí llegan a morir prontamente por no encontrar lector). Se dice que cuando el autor "libera" (publica, exhibe) su obra ésta ya no le pertenece, ahora es de nosotros, sus lectores.
Ahora bien, tambié existen dos formas muy generales de lectura que hacemos quienes disfrutamos de las obras escritas. Por un lado está la lectura de los especialistas (el crítico, el académico), quienes las desmenuzan soñando alcanzar descifrar el último símbolo ahí escrito, sus sentidos o sus significados. Y luego estamos los lectores "rasos" que simplemente disfrutamos de lo que se nos cuenta. Obvio es que nuestras lecturas no son tan sesudas como las de los primeros, pero no dudamos en decir que tal vez el disfrute en su lectura sí puede ser mayor.
Como sea, me confieso un lector de los de este segundo grupo, que disfruta mucho leyendo y que si no logra descifrar significado alguno que pudiera existir en las obras que leo, la verdad no me importa y termino gozando mucho de la imagen narrada y escrita sin que me importe nada más.
Así es que, lo que nos digamos los lectores entre nosotros es importante porque estamos compartiendo nuestras impresiones y con ello multiplicamos las formas de apreciación de la obra y terminamos enriqueciendo aquella lectura que en realidad amamos.
Esa hermosa novela (que yo llegaría a leer cinco veces) despertó en mí toda una serie de impresiones que ahora me gustaría compartir contigo. Estas impresiones van más allá de lo que yo tuve frente a la obra, aquí te contaré lo que también algunas personas cercanas a mí tuvieron con esa novela.
Primero, no sé cómo llegué a enterarme de su existencia. Pero, ciertamente, hay una situación en la que me sentí similar al propio don Gabriel. ¿Qué fue lo que vivió don García Márquez? Resulta que allá en su tiempo, a nuestro autor (joven) llegó a sus manos un par de obras que leyó (tal vez sea mejor dicho "bebió" de tan rápido que lo hizo) la obra de Franz Kafka, La metamorfosis, impactándole tan profundamente que hasta no le dejó dormir. Luego siguió leyendo a otros autores buscando tal impacto causado por la obra de Franz. Buscó infructuosamente, no encontraba lo que quería, pero él seguía insistiendo. Hasta que un día llegó a sus manos Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Sintió que la vida de lector satisfecho volvía felizmente a su cuerpo. El mismo don Gabo (que así le llamaban sus familiares) cuenta que leyó una y otra vez esa novela. La leyó tanto que, decía, se la aprendió de memoria. ¿Qué tal?
Obvio es que esa obra, la del de Apulco, le impacto a tal grado que influyó mucho en su estilo, si te fijas. Tanta maravilla cotidiana, tanto muerto todavía vivo, es influencia de don Rulfo.
Pues bien, algo similar me ocurrió a mí luego de leer El llano en llamas y La feria, de Rulfo y de Arreola, que mi padre terminaría por contagiarme con su entusiasmo y orgullo al leer tantos pueblos de nuestra región que él mismo conocía y que luego ya nosotros conoceríamos después luego de tantos paseos al campo que hacíamos en familia. Bueno, sigamos, entonces yo quería encontrar otros libros que me satifacieran de igual manera y leí y leí sin encotrar nada que estuviera a su altura. Hasta que llegaron los Cien años de soledad. Ahí me sentí de nuevo en casa.
Y ahora que hablamos de casas, recordarás que José Arcadio y Úrsula fundaron Macondo para no regresar a sus pueblos de origen. ¿Qué crees? La casa esa donde vivían los Buendía, en mi imaginación, era la mismita casa de mi abuelita Rita, la del Testerazo, donde viví muchas cosas maravillosas en mi infancia y donde moriría esa bisabuela tuya y donde aparecería el espíritu de su esposo, nuestro abuelo Jesús.
Desde el primer párrafo que leí de este libro quedé encantado para siempre. Cuando Aureliano conoció el hielo que llevaron los gitanos con su patriarca, Melquiades (manitas de gorrión) quien entrelazaría para siempre su vida con la de los habitantes de Macondo. Desde ese primer momento tenía yo dentro de mí un dolor cuando leía ese libro. Dolor causado de la siguiente manera, cada vez que yo le daba vuelta a la página, sabía que eso me acercaba al final y que, en algún momento, yo terminaría de leerlo, ¡ya no continuaría con sus historias! De ahí la razón de mi dolor.
Voy a continuar con otras consideraciones, pero antes he de recordar el impacto que este libro logró en otras personas cercanas a mí, cercanas a ti. Comencemos con Rafa, tu tío, mi primo, cuando vivíamos allá en Guadalajara, por la calle Hidalgo. Le presté el libro y al otro día me lo regresó. "¿Será que no le gustó, o que no quiere leerlo?", pensaba yo. Nada de eso, ¿qué crees? ¡lo había terminado de leer en una noche! Tanto así le había gustado, no pudo dejar de leerlo ni un segundo. ¿Qué tal?
Ahora hablamos de tu mamá. También ella llegó a leer el libro que le presté y le gustó tanto que de ahí viene tu nombre, Amaranta, eso debes saberlo ya. El nombre lo sacó de Amaranta Úrsula, una de las personajes, y como naciste al mismo tiempo que tu hermana, es nombre lo iba a partir para dejarle el Úrsula a ella (es por eso que en mi familia le llamamos así a tu hermana Argelia).
Seguimos ahora conmigo. El segundo libro digital que publiqué se llama Destino naranja, ¿por qué? Recordarás que José Arcadio se vuelve loco y llegan a atarlo a un palo en una plaza de Macondo y ahí lo abandonan. Un sacerdote , lleno de piedad, lo visita y cuando le lanza alguna oración en latín, José Arcadio le contesta también en ese idioma. Entonces una charla fluida entre los dos inicia. El sacerdote lleno de sorpresa se pregunta, pues, por qué lo consideran loco, a lo que José Arcadio responde: "se simplisimun, porque estoy loco". Pues bien, días antes de iniciar su locura, el patriarca Buendía se pasa muchas horas sin siquiera comer ahí con su familia. Elucubra en silencio a grado tal que llega a molestar mucho a Úrsula, su esposa. Ésta no entiende el porqué de esa actitud. Hasta que un día llega a concluir, José Arcadio, y sentencia en la mesa, a la hora de la comida: "el mundo es redondo como una naranja", Úrsula revienta enojadísima: "no digas esas estupideces delante de los niños", algo así. Melquiades, quien era todo un sabio, llega a saber la noticia y ve con mucha admiración esa capacidad de José Arcadio quien con tan pocos recursos a su alcance llega a determinar esa verdad ignorada por todos en el pueblo. Y poco después inicia la locura. De ahí tomé la palabra para mi libro, tengo un destino naranja, un inicio en la locura de la poesía como algo determinado y elegido de mi parte. Opto por lo irracional, pues.
Otra cosa que recuerdo con mis amigos, Alejandrina Torres, poeta que se fue a vivir a Tijuana, me decía que sus amigos le llamaban "Cien años de exageraciones". A mí no me importaban esas sentiencias con las que quierían aminorar la importancia y la belleza del libro. Pero demos un repaso a esas exageraciones (sólo a algunas). El chorro de sangre del gigante, José Arcadio, el segundo hijo de la pareja, que recorrió todo el pueblo para llegar a los pies de su mamá Úrsula, y ella saber inmediatamente que había matado a su hijo; las propias mariposas amarillas que Mauricio Babilonia jamás llegó a ver; la belleza angelical de Remedios la Bella y su asunción al cielo (sólo la virgen María había alcanzado tal honor); los pescaditos de plata que se derratían una y otra vez para volver a fabricarlos (creo que así sí estamos frente a un símbolo), que, por cierto, en Zapotlán había muchos de ellos en bonitos llaveros; y el momento más triste del libro que me resultó bellísimo, la muerte de José Arcadio.
Pues bien, Amaranta, al fin reconocemos que estamos frente a un clásico porque lo hemos hecho tan nuestro que ya forma parte de nuestra vida.
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